Los gatos son expertos en disimular el dolor. En la naturaleza, mostrarse débil es peligroso, y ese instinto sigue ahí. Por eso problemas como la artrosis, muy frecuente en gatos mayores, suelen pasar desapercibidos durante mucho tiempo.
Señales de que tu gato podría necesitar fisioterapia
- Dejó de subir a lugares altos que antes usaba, como la mesada, el placard o la ventana.
- Cambió cómo usa la bandeja: hace afuera o le cuesta entrar y salir.
- Se acicala menos, sobre todo en la cadera y la espalda, y el pelo de esas zonas se ve descuidado.
- Pasa más tiempo quieto, juega menos o se esconde más.
- Está más irritable cuando lo alzás o lo tocás en ciertas zonas.
En qué casos ayuda
- Artrosis y dolor crónico, para mejorar la movilidad y el confort.
- Después de una cirugía, por ejemplo de una fractura o de la columna.
- Problemas neurológicos que afectan la marcha.
- Sobrepeso, con un plan de actividad adaptado a un gato.
Cómo es una sesión con un gato
Un gato no es un perro chico. Las sesiones son más cortas, respetan sus tiempos y se interrumpen si el gato lo necesita. Forzar a un gato no sirve: se estresa y la próxima sesión es peor.
Según el caso usamos terapia manual, como masajes y movilizaciones suaves, aparatología para aliviar el dolor y ejercicios que aprovechan su curiosidad natural: seguir un juguete, subir un escalón o pasar por encima de un obstáculo bajo.
Por qué en casa
Para la mayoría de los gatos, salir de casa es estresante: la transportadora, el viaje y los olores desconocidos. Un gato estresado se tensa, se esconde o se defiende, y así es muy difícil trabajar. En su casa, en su territorio, las sesiones son mucho más tranquilas y aprovechables. Mirá cómo es la fisioterapia a domicilio.
Cambios en casa que ayudan
- Una bandeja sanitaria con bordes bajos, fácil de entrar y salir.
- Escalones o una rampa para llegar a sus lugares altos favoritos.
- El agua y la comida a una altura accesible, sin tener que saltar.
- Una cama abrigada y a baja altura: el frío empeora el dolor articular.